...Maestro Hora -murmuró Momo-, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es...-buscó la palabra adecuada, sin encontrarla-... tan grande- dijo por fin.
Lo que has visto y oído, Momo-respondió el maestro Hora-, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero sólo puede llegar a él quien se deja llevar por mí. Y no se puede ver con ojos corrientes.
-¿Dónde estuve, pues?
-En tu propio corazón-dijo el maestro Hora, y le acarició el revuelto pelo.
-Maestro Hora- volvió a murmurar Momo-, ¿puedo traerte también a mis amigos?
-No-contestó-, no puede ser, todavía.
-¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo?
-Hasta que tú misma quieras volver con tus amigos.
-Pero, ¿puedo contarles lo que han dicho las estrellas?
-Puedes, pero no serás capaz.
-¿Por qué no?
-Porque todavía han de crecer en ti las palabras.
-Pero quiero hablarles de eso, a todos. Quiero poder cantarles las voces. Creo que entonces todo volvería a estar bien.
-Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.
-No me importa esperar.
-Espera, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?
-Sí-murmuró Momo.
-Pues duerme-dijo el maestro Hora, pasándole la mano por los ojos-, duerme.
Y Momo tomó aliento, profundamente feliz, y se durmió...
(Michael Ende)